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Estas serían las fronteras del mundo si viviéramos en la distopía de ‘1984’

Libros

Por: pijamasurf - 01/13/2018

Entre los varios motivos sugerentes que George Orwell dio a una de sus novelas más conocidas, '1984', se encuentra la división geopolítica del mundo

Entre los varios motivos sugerentes que George Orwell dio a una de sus novelas más conocidas, 1984, se encuentra la división geopolítica del mundo. 

En la realidad de la narración, la guerra tuvo como efecto la eliminación de las fronteras entre países, y aunque esto de inicio puede sonar como un aspecto positivo, derivó, sin embargo, hacia tres grandes zonas o, como se dice en ciertos estudios de la ciencia política moderna, “supraestados”, a los que el escritor inglés atribuyó una fuerte influencia regional pero, sobre todo, una voluntad indoblegable de extender su dominio hacia las otras áreas. El mundo de 1984 es un mundo de control exacerbado en parte porque se vive en una tensión constante y el temor nunca apaciguado de una guerra inminente, ya no entre países pequeños sino entre verdaderas potencias.

El mapa, por supuesto, es producto de la ficción, pero esto no quiere decir que sea falso o inverosímil. De hecho, la idea de dualidad entre realidad y ficción suele hacernos pensar que ambas existen separadas y sin mezclarse, cuando justamente ocurre lo contrario: para comprender la realidad y habitarla necesitamos ficciones (la ficción de la identidad, la ficción de la nacionalidad, la ficción de las fronteras, etc.) y éstas a su vez inciden, por eso mismo, en la realidad en la que vivimos. En ese sentido, cabría preguntarse: ¿qué tan lejos estamos del mapa que presintió Orwell? ¿Qué tanto el mundo se está encaminando a formar sólo tres o cuatro bloques de influencia política determinada e incapaces de dialogar uno con otro, cada uno con la intención de imponer sus dogmas al resto?

El mapa, obra del usuario LupivTheGreat de Reddit, es una ficción, ¿pero no valdría tomarlo quizá como un futuro posible?

 

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La tristeza, el invierno, la melancolía: Ernst Jünger nos recuerda por qué también hay vida en esas temporadas

Libros

Por: pijamasurf - 01/13/2018

Con sabiduría y brevedad, Jünger nos recuerda que todo momento de la vida tiene su propio significado

Con cierto ánimo bucólico podríamos decir que bastaría observar la naturaleza para aprender todo lo que necesitamos saber para vivir y, lo más importante, disfrutar de la vida que tenemos. 

Sin duda muchas personas se revolverán ante esta idea y quizá hasta la descalifiquen de inmediato, tildándola de utópica o irrealizable, arguyendo que para vivir es necesario hacer otras cosas que, digamos, simplemente sentarse a mirar las nubes, o quedarse quieto para ver cómo juegan un par de perros o las rutas que marcan las aves al volar.

Tal vez eso sea cierto. Tal vez, en efecto, vivir no es nada más observar, pero de cualquier forma es posible sostener que vivir también es observar, hacer una pausa, reflexionar, preguntarse para qué se vive, por qué se vive, en qué momento se encuentra nuestra existencia.

En un apunte titulado sencillamente “Noviembre” (de su libro Esgrafiados), el escritor alemán Ernst Jünger nos legó un ejemplo contundente de los frutos que se pueden recoger de dichas pausas reflexivas cuando éstas ocurren en temporadas que podrían parecer adversas. O, mejor dicho, sobre todo, pues como veremos, Jünger hace una observación sumamente estimulante respecto al hábito que podemos llegar a desarrollar de huir de los tiempos aciagos y el infortunio aparente. Nos dice el escritor:

La idea de pasar el invierno en costas soleadas entre los trópicos resulta agradable pero falsa. Queremos que el árbol de la vida tenga flores durante todo el año. Pero también en los trópicos a los árboles se les caen las hojas. La noche del invierno no nos resulta menos necesaria que la noche del día. También por lo que respecta al corazón tenemos que prestar atención a la marea alta y a la marea baja. Quien sólo quiere tener marea alta se expone a la rotura del dique. No podemos estar siempre exentos de dolores, no podemos estar sin sombra, tenemos que aceptar la melancolía. También allí hay dioses.

Así como el habitante de las regiones boreales huye en sus vacaciones de invierno a los trópicos, para el escritor, por el contrario, esa coincidencia de circunstancias que derivan en algo que llamamos dificultad –o, por otros nombres, tristeza, escasez, melancolía– alberga aprendizajes, enseñanzas y descubrimientos sobre nosotros mismos y sobre el mundo que nos rodea y en el que vivimos. En una palabra, sobre nuestra existencia. 

Conocimiento que Jünger no duda en llamar con el nombre que le daría cualquier sabio de la antigüedad: los dioses. Haríamos bien en recordar que también hay dioses que habitan nuestra vida.

 

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