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'Blade Runner 2049': erótica replicante, sexo holográfico y androides divinos

AlterCultura

Por: pijamasurf - 10/19/2017

Seducción onírica-erótica de la ciencia ficción para darle la bienvenida a los robots, cada vez más reales y sexys

El espectador de Blade Runner 2049 no habrá dejado de percibir cómo esta nueva cinta hace una representación de los robots y programas de inteligencia artificial sumamente atractiva, realmente sexy. El gran subtema de esta película -por debajo del tema del deseo de los robots de ser humanos y la tenue línea que los separa de esto- es el amor y el erotismo entre inteligencias artificiales y robots (entre ellos y con los seres humanos). 

Detrás de la interrogante de si los sentimientos de los robots o de los softwares inteligentes de compañía (como Joi) (Ana de Armas) son reales o al menos suficientemente reales como para producir un amor legítimo, esta su presentación de una manera siempre excitante, ultraestilizada, desde la más dulce y fiel compañía, hasta el lado atractivo y violento (sexy replicantes asesinos, cuya frialdad asociada coquetea con la crisálida de la ternura, la calidez y la compasión).

Seguramente la escena estéticamente más asombrosa es el ménage à trois que realizan Joi y Mariette (un "modelo de placer" replicante protagonizado por Mackenzie Davis) con K (el personaje de Ryan Gosling, entre la K. de Philip K. Dick y la K de los personajes de Kafka en sus laberintos ontológicos), el replicante que sueña con ser humano, ser real. Joi también sueña con ser real y sueña con darle la sensación de realidad a su pareja o usuario (las líneas se borran entre pareja o usuario, entre el amor y la satisfacción del cliente). Joi contrata a Mariette para utilizar su cuerpo, como un stand-in. La posesión que hace este alegre fantasma holográfico del cuerpo de la replicante para dar un servicio romántico concreto a K es algo de lo más estimulante en términos visuales que se ha visto en los últimos años en una película de Hollywood: el holograma de Joi se superimpone al cuerpo de Mariette, moldéandose a él, entre los destellos de una transubstanciación que parece por momentos un glitch erótico, un acertijo ontológico, un coqueteo de hiperrealidades que se funden: carne e información, materia y espíritu. En cierto momento incluso vemos una unión en la que la fricción digital de los dos cuerpos produce cuatro brazos integrados en un tronco, similares a los cuatro brazos de las deidades tántricas -como Vishnu y otras. La escena es como la etérea inversión, ahora explícitamente y aliada al poder de los visual effects, de esa genial metáfora de Ese oscuro objeto del deseo de Buñuel, en la que el cineasta español utiliza dos actrices para un mismo personaje, de una manera sumamente sutil y poderosa. El proceso de integración de la fantasía virtual en lo concreto es algo sumamente poético que merece verse, entre destellos iridiscentes y una danza fantasmagórica. Pero dicho derroche estético no es mero manierismo, sino que contribuye a la sexualización y deificación de la inteligencia artificial y de los robots de compañía. Es parte de una seducción progresiva, la seducción que hace la máquina. Una escena que merece cotejarse en ese sentido ocurre en la nueva versión de Ghost in the Shell, cuando Scarlett Johansson emerge como el ciborg que es llamado el siguiente nivel en la evolución biológica, como una especie de creación divina. Lo que nos están diciendo estas imágenes, sin que exista necesariamente una agenda detrás, es que lo divino y la posibilidad de acercarse a lo divino y cumplir nuestros más altos deseos pasa por los robots y la tecnología. Los robots no sólo son más eficientes, son más bellos que los humanos -al menos, siempre y cuando logren crear el encantamiento de ser indistinguibles de los humanos.

Según el filósofo Jacques Ellul, la ciencia ficción tiene la función de hacer que extremos inaceptables de la tecnología sean suavizados y de hacernos más complacientes con la tecnología que tenemos. Al contrastar el estado del mundo con lo que imaginó Orwell en 1984, por ejemplo, nos parece que estamos mucho mejor y esto permite que toleremos aspectos de la tecnología que ponen en entredicho la libertad humana o las mismas facultades cognitivas. De alguna manera, Big Brother (el hecho de que no exista tal cual) nos hace aceptar a Facebook. Pero otra función que tiene la ciencia ficción es introducir al imaginario colectivo, consciente e inconscientemente, sueños y fantasías ligados a invenciones y desarrollos tecnológicos. Hacer sexy e intrigante a la tecnología y a sus creaciones, sean éstas robots de compañía o smartphones. Por una parte nos hace desearlas y por otra nos familiariza con ellas, las hace más cercanas y entrañables. De alguna manera, la ciencia ficción nos está preparando para darle la bienvenida a los robots, a los androides y los programas de realidad virtual del futuro. 

 

Geminoid F, una robot de compañía diseñada por Hiroshi Ishiguro

 

Es poco probable que Blade Runner 2049 haya sido filmada con la agenda de empujar la idea de que abracemos la llegada de sexy robots superinteligentes (aunque nunca se sabe si Hollywood nos está vendiendo un sueño o un producto dentro del sueño). Es más probable que simplemente refleje el espíritu de nuestros tiempos -en los cuales la tecnología ha reemplazado al instinto mágico-religioso de la divinización humana. La vanguardia de nuestros sueños de trascendencia, liberación y felicidad ya no es proyectada a los dioses sino a las máquinas o a la tecnología, que es capaz de brindarnos aquello que el cuerpo humano y las fuerzas inmateriales aparentemente no pueden.

Yuval Noah Harari, quien se ha convertido en uno de los escritores de cabecera de los ejecutivos de Silicon Valley, mantiene que hemos llegado a un punto en el que podemos dedicarnos a objetivos trascendentales, habiendo superado nuestras necesidades básicas. "Al buscar la dicha y la inmortalidad, los humanos de hecho están intentando elevarse a la condición de dioses". Para esto Harari utiliza la palabra "upgrade", estamos buscando hacer un upgrade de nuestra humanidad a través de la tecnología, ya sea integrándola a nuestro cuerpo o a través de hardware externo que nos brinde experiencias de trascendencia y éxtasis. En su Homo Deus: A Brief History of Tomorrow, Harari argumenta que los avances tecnológicos exponenciales, de la mano de la desigualdad que impera a favor de una élite privilegiada, creará una brecha en la que los señores de este nuevo mundo serán tan diferentes de nosotros como nosotros de los Neandertales. Esta nueva especie será el Homo Deus, y la relación que surgirá entre la élite aumentada tecnológicamente a niveles indistinguibles de la divinidad y todos los demás será parecida a la actual entre hombres y animales. Todos los que no seamos parte de esta élite seremos como los animales de hoy en día: ganado, mascotas, curiosidades de zoológico.

En realidad, el ser humano siempre ha buscado la trascendencia; la diferencia más notable es que actualmente la busca por medios materiales, externos, tecnológicos. Al menos esto es lo que está ocurriendo con la élite científica, tecnológica y económica de la humanidad. La deificación del hombre a través de la tecnología refleja evidentemente el paradigma materialista actual, en el cual no se concibe una existencia ulterior espiritual o una jerarquía de potencias universales basada en el bien y la verdad. Lo divino, entonces, es el poder y el placer. El máximo poder sobre los demás y las fuerzas de la naturaleza; y el paraíso o el estado de dicha suprema es la provisión ilimitada del placer, placer total y perfecto, sin la sombra del dolor (el producto perfecto). Un placer que actualmente, para el hombre al menos, se revela como la fantasía de una mujer (androide u holográfica), absolutamente bella y absolutamente dócil. Algorítmicamente perfecta para garantizar su felicidad -el nuevo genio de la botella: genio de bolsillo. Este es el peligro de alcanzar un punto en el que la tecnología de simulación humana -ya sea realidad virtual o robótica- sea indistinguible de la realidad. Si esto ocurre, el ser humano podrá acercarse a ser un dios de sofá. Podrá cumplir sus deseos sin tener que merecerlos. No tendrá que superarse a sí mismo para alcanzar el estado que asocia con lo superior o con lo divino -o solamente tendrá que tener suficiente dinero. En cierta forma, la realidad virtual y la inteligencia artificial son la cumbre del materialismo, de creer que la materia -aunque sea utilizada meramente para proyectar un holograma- y los objetos externos pueden producir la felicidad duradera.

El filósofo francés Henri Bergson escribió que "la función esencial del universo... es [ser] una máquina para crear dioses". Bergson sugirió que la creatividad misma del universo deviene divina a última consecuencia de su propio impulso evolutivo. La divinización como culmen de la biología, su propia trascendencia (¿la hiperinteligencia posbiológica?). La pregunta quizás yace en si esta divinización requiere de una extensión, de una nueva especie, de una nueva tecnología o puede ocurrir -y, de hecho, ocurre ya- en nosotros mismos -y estamos, entonces, entregando nuestra propia potestad y depositando nuestro sueño divino en las máquinas.

Chögyam Trungpa Rinpoche, consciente de los peligros pero también de las cualidades del alcohol, escribe sobre cómo utilizar alquímicamente esta sustancia, algo que sólo puede hacerse con cierta madurez y dominio de la atención

Chögyam Trungpa Rinpoche fue el maestro tibetano que primero trajo el budismo tántrico a Estados Unidos. Trungpa fundó una universidad (Naropa, en Colorado), fue maestro de importantes artistas y celebridades (entre ellos Allen Ginsberg) y, como quizás ningún maestro budista antes ni después, entendió la mentalidad occidental y acopló a ella las profundas enseñanzas del vajrayana (budismo tántrico). Trungpa dominó con sutileza el inglés, experimentó con la pintura, la poesía y los arreglos florales, se vistió como un elegante dandy (generalmente de traje) e incorporó algunos de los hábitos de la sociedad occidental -como fumar y beber alcohol. Aunque esto ha sido sumamente controversial, sus alumnos -algunos de los cuales son destacados maestros budistas actualmente, como Pema Chödrön- mantienen que todo eso fue sólo un medio hábil para poder vincularse de manera más íntima con ellos, para establecer un puente comunicativo entre la mente sublime de un maestro realizado y jóvenes estadounidenses confundidos por el materialismo espiritual y los fatuos sueños de una estéril revolución psicodélica.

El texto que presentamos a continuación aparece como el décimo capítulo del libro The Heart of the Buddha: Entering the Tibetan Buddhist Path. Hay que precisar que este texto contiene una gran sutileza y está lleno de ironía, por lo cual debe leerse con cuidado, no tomarse literal, y reflexionar en torno a él. Trungpa escribió esto hace unos 40 años; sin duda, los hábitos han cambiado. Los millennials, por ejemplo, al parecer beben menos y tienen también menos sexo. El alcohol como lubricante social quizás ya no tiene el mismo protagonismo -hoy se utilizan las redes sociales para crear esta primera apertura. En Estados Unidos, los jóvenes parecen preferir fumar marihuana a beber alcohol (beber alcohol es más peligroso para la salud, y provoca muchas más muertes) (pero, paradójicamente, las personas que beben alcohol viven más en promedio que las que no beben nada de alcohol). Por otro lado, el alcohol ha sido utilizado por innumerables culturas dentro de un contexto ritual o festivo, y ha sido laudado y exaltado por grandes artistas, místicos y demás. El alquimista y erudito mallorquín Raimundo Lulio, una de las mentes más brillantes del período prerrenacentista europeo, consideró que el alcohol (aqua-ardens) era la quintaesencia. Lulio fue uno de los primeros en destilar alcohol, extrayéndolo del vino. En la alquimia y en la medicina el alcohol jugaría un papel importante, al fijar una esencia o "capturar un espíritu"; y en la alquimia, el término "alcohol" llegó a significar "espíritu rectificado". Luego conoceríamos popularmente a las bebidas destiladas como "espíritus". Otra etimología, quizás la más aceptada, mantiene que viene del árabe "kohl", un polvo metálico utilizado como delineador de los ojos. Otros trazan la etimología al árabe "al-ḡawl": "efecto maligno", "espíritu" o "demonio"; de aquí viene la palabra inglesa "ghoul", que significa genio, demonio o espíritu. El alcohol parece oscilar en esta fina balanza entre el veneno y la medicina, entre lo diabólico y lo divino.

Trungpa escribe desde la perspectiva del budismo tántrico. Para los tibetanos la perspectiva tántrica es una visión sublime de la realidad que requiere de una enorme madurez espiritual, especialmente porque se basa en la trascendencia de la dicotomía bueno-malo, sujeto-objeto. No renuncia al mundo ni se protege de las cosas que pueden afligir a la mente inmadura; va más allá la dualidad de utilizar antídotos para contrarrestar efectos negativos -con esto se acerca a la alquimia y a la homeopatía. ¿Es bueno o malo el alcohol? Evidentemente, ni uno ni otro -depende de cómo se use, y, sobre todo, depende de la persona que bebe y de su estado de conciencia y entendimiento. Beber puede ser también una forma de practicar (dentro de una tradición espiritual o contemplativa), pero se requiere hacerlo con una clara intención y con una insoslayable atención. Esto requiere una gran madurez, según Trungpa, ya que el alcohol produce una mezcla de jovialidad expansiva y depresión, y para mantenerse atento y ecuánime hay que atender a las dos y no aferrarse sólo a una. Asimismo, es muy común que algunas personas crean, engañados por su ego, que su estado de conciencia es similar al de un maestro tántrico y entonces tendrán licencia de usar cualquier sustancia argumentando que todo tiene un mismo sabor no-dual, que toda experiencia es igualmente sagrada y que están más allá de toda dicotomía. Sobra decir que la gran mayoría de las personas, de hacer esto, estarían viviendo una delirante fantasía. Es necesario tener cierta humildad y no perseguir el placer y huir del dolor para poder beber conscientemente. Trungpa, quien demuestra un gran entendimiento de los efectos y engaños del alcohol (y de la psicología del bebedor), parece decirnos que debemos evitar beber para sedarnos, escapar a otra realidad o matar el tedio. Y que podemos beber en ocasiones de manera consciente, sin culpa, utilizando una cierta cualidad del alcohol, que nos hace estar en el presente, que llama nuestra atención a la sensación inmediata que se produce en el cuerpo y en la mente. Observar este efecto y estar atento a las sensaciones es una manera de beber conscientemente y atender al "espíritu" que se mueve en nosotros; paradójicamente, el alcohol puede aterrizarnos -esto es lo que hace en término alquímicos, fija el espíritu volátil. Por supuesto, si nos distraemos, este espíritu, este genio en la botella, rápidamente puede convertirse en demonio.

 

El alcohol como veneno o medicina

La naturaleza del hombre es buscar comodidad y entretenerse a sí mismo con todo tipo de placeres sensuales. Desea un hogar seguro, un matrimonio feliz, amigos estimulantes, comida deliciosa, ropa fina y buen vino. Pero la moralidad generalmente enseña que esta forma de indulgencia no es buena; debemos concebirnos a nosotros mismos de una forma más amplia. Debemos pensar en nuestros hermanos y hermanas que carecen de estas cosas; en vez de caer en la autoindulgencia, debemos ser generosos y compartir lo que tenemos con ellos. El pensamiento moralista tiende a ver al alcohol como perteneciente a la categoría de excesiva autoindulgencia; incluso puede que vea al alcohol como una actividad burguesa. Por otra parte, aquellos que gustan de beber obtienen una sensación de bienestar del alcohol que les permite ser más amables y abrirse con sus amigos y colegas. Sin embargo, incluso estos, generalmente albergan algún tipo de culpa por beber; temen que pueden estar abusando de sus cuerpos y se sienten deficientes en amor propio.

Hay un tipo de bebedor que trabaja duro en el día, haciendo pesadas labores o algún tipo de oficio físico. Este bebedor gusta de llegar a casa y tomar un trago después del trabajo o alzar una copa o dos en una animada congregación en un bar. Luego hay algunos bebedores más gentiles -como ejecutivos y hombres de negocios- que habitualmente crean una atmósfera de convivencia y jovialidad en sus relaciones abriendo botellas. Estos últimos tienden más a tener un sentido oculto de culpa que sus hermanos proletarios que celebran el fin de la jornada. De cualquier manera, invitar a alguien a beber parece tener más vida que invitar a alguien a tomar un té. Otras personas beben para matar el aburrimiento, misma razón por la cual algunos fuman. Un ama de casa que ha terminado de barrer o de lavar, a veces puede tomar una gotas mientras que contempla la decoración u observa las últimas revistas de moda. Cuando el bebé llora o suena el timbre, tal vez tome un shot antes de enfrentar la situación. El trabajador de oficina aburrido tal vez mantenga una ánfora en su escritorio para poder tomar un trago entre las visitas de su jefe o de su secretaria. Tal vez busque alivio del tedio con una visita a un bar a la hora de la comida. Las personas que toman en serio al alcohol se relacionan con él como un refugio del ajetreo existencial; pero también temen que se pueden convertir en alcohólicos. En estas situaciones psicológicas hay un amor y odio en el estilo de beber, el cual se mezcla con una sensación de adentrarse en lo desconocido. En algunos casos este viaje a lo desconocido podría haber producido antes una claridad, la cual, en la presente situación, sólo puede enfrentarse a través de la bebida. De otra manera, esa claridad se vuelve demasiado dolorosa. Uno de los problemas que enfrentan los bebedores convencidos es ser acosados por la visión moralista del alcohol, la cual presenta la cuestión artificial de si uno debería beber o no. En el trance de esta cuestión, uno busca reforzamiento entre los amigos. Algunos pueden unirse a beber libremente. Otros tendrán definitivamente reservas sobre cuándo y cómo beber. El verdadero bebedor siente que esas personas son amateurs, ya que nunca se han relacionado de todo corazón con el alcohol. Comúnmente sus reservas son sólo convenciones sociales: de la misma manera que el lugar para estacionar el coche es el estacionamiento, así también uno sabe cuál es el punto adecuado después del cual uno ya no debería beber. Está bien beber mucho en fiestas o cenas testimoniales siempre y cuando uno beba con la propia esposa o esposo y se vaya a casa en taxi.

En realidad, parece que hay algo equivocado en este acercamiento al alcohol basado solamente en la moralidad y en la conducta social. Los escrúpulos implicados tienen que ver sólo con los efectos externos que tiene beber. El verdadero efecto del alcohol no es considerado, sólo su impacto en el formato social. Por otro lado, un bebedor  siente que hay algo valioso en beber, más allá del placer que obtiene por hacerlo. Existe una calidez y una apertura que parecen provenir de relajar el autocontrol y la autoconciencia. También existe una cierta confianza de poder comunicar adecuadamente las percepciones, lo cual cancela la sensación común de ser inadecuados. Los científicos notan que pueden solucionar sus problemas; los filósofos tienen nuevas introspecciones; y los artistas descubren percepciones claras. El bebedor siente más claridad porque siente con mayor realidad lo que es; por lo tanto, sus fantasías y elucubraciones pueden hacerse a un lado. Parece que el alcohol es un veneno débil, que puede transmutarse en una medicina. Una antigua fábula persa habla de cómo el pavo real se alimenta del veneno, lo cual nutre su sistema y hace que brille su plumaje. La palabra whiskey viene del gaélico uisgebeatha, lo cual significa "agua de la vida". Los daneses tienen su aquavit. La papa rusa produce vodka, "pequeña agua". Estos nombres tradicionales sugieren que el alcohol puede usarse sin daño y que quizás tiene propiedades medicinales. De cualquier manera, el poder del alcohol ha afectado las estructuras sociales y psicológicas en gran parte del mundo a lo largo de la historia. En el misticismo de la India, tanto hindú como budista, el alcohol es llamado amrita, la poción inmortal. Birwapa, un siddha indio, logró la iluminación cuando tomó siete galones de licor una tarde. El Sr. Gurdjief, un maestro espiritual que enseñó en Europa, habló de las virtudes del "beber conscientemente" e insistió en que sus alumnos practicaran el beber conscientemente entre ellos. 

Beber conscientemente es una demostración real y obvia del poder de la mente sobre la materia. Nos permite relacionarnos con las varias etapas de la intoxicación: experimentamos nuestras expectativas, una delicia casi maléfica cuando los efectos empiezan a sentirse, y la ruptura final de la frivolidad en la que las fronteras habituales se empiezan a disolver. Sin embargo, el alcohol puede fácilmente pasar de una medicina a un tónico mortal. La sensación de jovialidad y expansiva cordialidad puede seducirnos y hacernos perder nuestra atención. Afortunadamente, existe una cierta depresión que viene con beber alcohol. Existe una fuerte tendencia a aferrarse a la cordialidad e ignorar la depresión; este es el instinto mecánico. Y es un gran error. Si tomamos alcohol simplemente como una sustancia que nos alegrará o nos hará aflojar como un sedante, se convierte en algo extremadamente peligroso. Esto ocurre con el alcohol y con cualquier otra cosa en la vida con la que nos relacionamos sólo parcialmente [debemos enfrentar, siempre, también la sombra de las cosas]. Existe una enorme diferencia entre el alcohol y otras sustancias embriagantes. En contraste con el alcohol, sustancias como el LSD, la marihuana y el opio, no traen consigo una depresión simultánea. Si esta depresión ocurre, es sólo de naturaleza conceptual. Pero con el alcohol, siempre hay síntomas físicos, ya sea cambio de peso, pérdida de apetito, una sensación creciente de pesadez (que incluye las resacas), etc. Siempre se mantiene la sensación de que uno sigue teniendo un cuerpo. Psicológicamente, la intoxicación del alcohol es un proceso de ir hacia abajo, a diferencia de subir hacia el espacio, como ocurre con otras sustancias. Ya sea que el alcohol se vuelva veneno o medicina, esto depende del nivel de atención que uno tiene cuando bebe. Beber conscientemente, permaneciendo atento al propio estado mental, transmuta los efectos del alcohol. Aquí el estado de atención involucra un incremento de la vigilancia del propio sistema como un inteligente mecanismo de defensa. El alcohol se vuelve destructivo cuando uno se entrega a la jovialidad -bajar la guardia hace que los venenos entren en el cuerpo.

El alcohol puede ser un buen campo de prueba. Trae a la superficie el estilo latente de las neurosis del bebedor, el estilo que habitualmente oculta. Si sus neurosis son fuertes y ocultas habitualmente en la profundidad, luego suele olvidar lo que pasó cuando estaba borracho o se avergüenza demasiado como para recordarlo. La creatividad del alcohol inicia cuando hay una sensación de bailar con su efecto -cuando uno toma los efectos con sentido del humor. Para el bebedor consciente o el yogui, la virtud del alcohol está en que lo lleva a la realidad ordinaria, así que uno no se disuelve en un estado meditativo de no-dualidad. En este sentido el alcohol actúa como un elixir de la larga vida [puesto que el yogui necesita algo que lo haga adherirse al cuerpo]. Aquellos que están demasiado involucrados con la sensación de que el mundo es un espejismo o una ilusión, deben ser sacados de su meditación a un estado de no meditación para relacionarse con las personas. En este estado, las apariencias, los sonidos, los olores del mundo se vuelven de sobremanera conmovedores y humorísticos. Cuando el yogui bebe, es su forma de aceptar el mundo dualista de la experiencia ordinaria. El mundo requiere de su atención -de su relacionarse con- y de su compasión. Se alegra y divierte por tener esta invitación para comunicarse. Para el yogui, el alcohol es combustible para relacionarse con sus estudiantes y con el mundo en general, de la misma manera que la gasolina permite que un automóvil se relacione con el camino. Pero, naturalmente, el bebedor ordinario que trata de emular este estilo trascendental de beber convertirá el alcohol en veneno. En las enseñanzas hinayana del budismo, se registra que el Buda reconvino a un monje por meramente saborear una hoja de pasto remojada en alcohol. Hay que entender que el Buda con esto no estaba condenando los efectos del alcohol, sino condenando la atracción hacia él, involucrarse con él como una tentación. El concepto del alcohol como una tentación diabólica es muy cuestionable. Cuestionar esta concepción conlleva una incertidumbre sobre si el alcohol está ligado al mal o al bien. Esta incertidumbre puede crear en el bebedor una sensación de inteligencia y carencia de medio. Lo lleva a relacionarse con el momento presente tal como es. Voluntad e inteligencia sin miedo ante lo inmediato y frente a lo desconocido son la energía básica de la transmutación que es descrita en la tradición tántrica budista. En el Guhyasamaja Tantra, el Buda dice: "Aquello que intoxica a la mente dualista es, de hecho, la pócima natural de la inmortalidad". En el tantra budista, el alcohol se utiliza para catalizar la energía fundamental de la intoxicación; esto es, la energía que transmuta la dualidad del mundo de las apariencias en advaya -"no-dos". Así, la forma, el olor, el sonido pueden ser percibidos literalmente como son, dentro del reino de mahasukha, la gran dicha. El Chakrasamvara Tantra dice: "Sólo con dolor y sin placer, uno no puede liberarse. El placer existe dentro del cáliz del loto. Esto el yogui debe nutrir". Esto coloca gran énfasis en el placer. Pero la comprensión del placer viene de relacionarse abiertamente con el dolor.   

El alcohol trae consigo una euforia que parece ir más allá de las limitaciones; al mismo tiempo trae también la depresión de saber que uno sigue en el cuerpo y que las propias neurosis siguen pesando. Los bebedores conscientes pueden tener un vislumbre de ambas polaridades. En el misticismo tántrico, el estado de intoxicación es llamado el estado de no-dualidad. Esto no debe entenderse como una seducción que nos cautiva -y, sin embargo, un vislumbre del orgasmo cósmico de mahasukha es posible para el bebedor consciente. Si uno se abre lo suficiente como para eliminar la mezquindad del apego a la propia liberación aceptando la noción de libertad [es decir, que uno ya es libre tal como es], en lugar de dudar de ella, uno logra los medios hábiles y la sabiduría. Esto es considerado el más alto intoxicante. 

 

Twitter del traductor: @alepholo