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La responsabilidad de no asumir las responsabilidades de otros

Cuando somos niños nos es muy fácil sentir empatía por los demás, ya que aún no adquirimos el hábito de hacer juicios sobre cada persona, cada cosa y cada situación; aún no desarrollamos a ese inquisidor interno que todo lo califica. En la infancia nos es sencillo compartir las emociones del otro e incluso sentirlas como si fueran nuestras. Sin embargo, si no aprendemos a diferenciar claramente nuestras responsabilidades emocionales de las de los demás, podemos quedar atrapados fácilmente en relaciones de codependencia.

Muchos adultos creen que los niños no se dan cuenta de nada, que no tienen la capacidad de entender situaciones complejas y problemas familiares; no obstante, cualquier adulto que piense esto seguramente tendrá una pésima memoria y poca capacidad de observación. Quizá un niño no entienda todos los detalles anecdóticos de un problema familiar, pero seguramente siente e intuye el conflicto y el dolor, o por lo menos el estrés y la tensión.

Cuando los adultos son incapaces de ver por sus hijos (o por sí mismos), entonces la balanza se inclina y los niños pueden sentirse responsables de los demás. El niño quisiera curar el alcoholismo del padre, la neurosis de la madre, ganar el dinero que hace falta, revivir al pariente fallecido, curar el Ébola y solucionar cualquier problema que le esté apartando del amor y la atención de su familia. Esto solamente logra que con el paso del tiempo ese niño no sea consciente de sus verdaderas necesidades vitales, las cuales, de haber sido atendidas, le habrían permitido convertirse en un adulto pleno y sano.

Si no aprendemos a reconocer nuestras necesidades vitales (aprender, conocer, amar), empezamos a establecer relaciones de codependencia con la familia; por ello es común que haya personas que están enojadas o resentidas con sus padres por ser alcohólicos, por ejemplo, pero lo primero que hacen es saltar hacia la primera adicción que se les cruza en la adolescencia, pues de alguna forma están siendo “solidarios” con el padre y con la visión de que si un problema no se soluciona, entonces se comparte.

Nos enseñan desde pequeños que los sentimientos son un resultado de las circunstancias y de lo que nos es dado o negado, pero esto no es así: nuestras emociones son una decisión que tomamos frente a las circunstancias, pero si no entendemos esto, las asociaciones emocionalmente abusivas y manipuladoras vuelven en la edad adulta, conduciendo a la codependencia y la sensación de que necesitamos que nos rescaten porque nuestros padres necesitaron ser rescatados.

Es necesario comprender que el enojo, la depresión o la frustración de los padres, abuelos o hermanos, no son nuestros y no son nuestra responsabilidad, así como tampoco nos definen las etiquetas con las que nos han descrito desde pequeños.

En realidad, todas estas emociones y juicios de valor con los que queremos definir al mundo son una decisión (consciente o inconsciente) sobre el género que queremos asignarle a la película de nuestra vida, es decir, a nuestra narrativa de nosotros mismos. Y si decidimos que la vida es una tragedia o un melodrama, así será.

Sin embargo, es importante entender que no es necesario compartir las creencias de los demás para demostrarles nuestro cariño y brindarles respeto, pues no necesitamos ser iguales al otro para hacerlo parte de nuestra vida de una forma sana. Decir "no" a una petición (venga de quien venga) no es una traición; la traición es no aceptarnos como somos y no atrevernos a seguir nuestras necesidades de desarrollo, ya sea profesional, espiritual o de cualquier otro tipo.

Por otro lado, la única manera de liberaros de las emociones negativas de forma saludable es reconocer y aceptar. Construir el hábito de nombrar las emociones que tenemos puede ser la mejor forma de soltar el lastre que llevamos cargando en la espalda.

Una vez que estas emociones son reconocidas, podemos decidir qué hacer con ellas; podemos identificar cómo se originaron y qué podemos hacer al respecto. Así podremos evitar asumirnos como víctimas de una situación y asumiremos la responsabilidad de nosotros mismos. Esto puede ser un proceso largo, pero en última instancia conduce al aprendizaje y al desarrollo.

Una vez que hemos asumido esta nueva forma de ser y hemos quitado la carga de nuestros hombros, nos encontramos, por lo general, con que somos capaces de ayudar a los demás. No obstante, debemos evitar confundir la intención de ayudar con la de rescatar, pues esto a menudo conduce a sentimientos de resentimiento cuando los demás no nos agradecen o no actúan en consecuencia.

Aunque parezca extraño, la falta de una reacción o un juicio de valor es a menudo la mejor manera de ayudar a alguien, y es la mejor manera de reflejar de nuevo hacia ellos la forma en que están actuando para que logren ser conscientes de sí mismos. Ser receptivo, escuchar los espacios entre las palabras y observar las acciones de los otros lleva a la compasión por ellos. Debemos evitar la necesidad de tener el control y entender los procesos de aprendizaje de los demás, aunque parezcan o nos resulten dolorosos.

La mejor forma de ayudar a alguien es permitirle hacer lo que le corresponde. Una planta no crece si no se le da espacio, si no se le deja donde pueda nutrirse de la tierra, donde reciba los rayos del Sol y acceda al agua. Uno no puede hacer brotar las ramas y las hojas para ahorrarle el trabajo a la planta. Uno deja ser a la planta.

6 formas en que tu inconsciente te dice que vas por el camino adecuado

Buena Vida

Por: PijamaSurf - 06/30/2017

Conforme las experiencias nos provocan salir de nuestra zona de confort, desarrollamos herramientas que facilitan el progreso hacia un mayor bienestar general

De acuerdo con la teoría del self de George H. Mead, un individuo es capaz de autopercibirse –de tener una concepción de sí mismo y reflexionar sobre sí mismo– al estar inmerso en un contexto cultural y social. Es decir, se crea una autoimagen –y un autoconcepto– a partir de la  comparación entre la identificación, la observación o interpretación de las acciones de los demás y la evaluación de la situación personal en diferentes momentos de un acto. Por lo tanto, esta mismidad –selfhood– permite la objetivización, la capacidad de verse a sí mismo desde los diferentes puntos de vista de los miembros de un grupo al que se pertenece –como la familia, amigos, trabajo, escuela, etc. Sin embargo, ¿qué pasa cuando el contexto social promueve ideas falsas sobre lo que es el bienestar?

Se llama distorsión del self a cuando la autopercepción y el autoconcepto son diferentes a la verdadera esencia de un individuo, cuando las exigencias morales o de moda de una sociedad denigran las necesidades básicas de una persona. Un ejemplo de ello es el impacto negativo de las redes sociales sobre nuestra salud emocional, al compararnos constantemente con las comidas, viajes o relaciones amorosas perfectamente decoradas en diversas plataformas como Instagram y Facebook. No es novedad que los científicos hayan registrado altos niveles de depresión y autoimagen distorsionada en gente que pasa gran parte de su día en estas redes sociales. 

Afortunadamente el self, a diferencia del cuerpo físico, es cambiante desde la raíz, es decir, nuestro autoconcepto puede restablecerse mediante los cambios, la evolución y la trascendencia. Conforme las experiencias nos provocan salir de nuestra zona de confort, desarrollamos herramientas que facilitan el progreso hacia un mayor bienestar general –rechazando incluso premisas socialmente aceptadas. Los síntomas de fortalecimiento del self y que indican que estamos en el camino correcto son los siguientes: 

– Desear la soledad 

Evitar el contacto social ayuda a recuperarse de las exigencias culturales que pueden estar distorsionando al self, y permiten analizar sus veracidades frente a las necesidades propias. Además, brinda una sensación de respiro para priorizar objetivos personales y desarrollar planes para alcanzarlos.  

 

– Tener sueños vívidos

Al cambiar en el consciente nuestras premisas y patrones, esto se extiende hacia el mundo del inconsciente, y por lo tanto al de los sueños. La constancia de los sueños vívidos, buenos y malos, es un reflejo del trabajo interno que está en proceso de evolución para un cambio significativo. 

 

– Vivir oleadas de emociones

Ante los cambios, las emociones negativas se vuelven cada vez más recurrentes y fuertes; sin embargo, no es recomendable suprimirlas, evitarlas ni evadirlas, pues sólo aumentaría el sufrimiento por rechazo al dolor. La mejor manera de superar las oleadas de labilidad emocional es empezar a sentirlas realmente: sentir las emociones tanto negativas como positivas. 

 

– Confiar en los instintos 

Hay ocasiones en que las cosas no salen como nos hubieran gustado, y si bien no somos capaces de controlar los factores externos (como las críticas poco fundamentadas de otras personas), podemos regular nuestras emociones, pensamientos y reacciones al respecto. Es más fácil escuchar los instintos propios acerca de lo que es más saludable, sin tener miedo de las opiniones de otras personas. 

Te compartimos aquí los consejos de un psicópata para superar el rechazo social.

 

– Distanciarse de las situaciones y personas tóxicas

Amigos cercanos, familiares o compañeros de trabajo, muchas situaciones nos llevan a personas consideradas como “vampiros energéticos”. Al entablar un límite entre sus conductas y las reacciones de uno es más fácil separarse de la negatividad.

 

– Dudar de los pensamientos y creencias autodenigrantes

Te das cuenta de que lo que pudieron decirte que eras son profecías autocumplidas, por lo que comienzas a observar, analizar y valorar lo que realmente eres sin la intervención de las creencias de personajes externos. Las opiniones negativas de otros dejan de lastimarte, y en consecuencia surge una mayor confianza en ti mismo. 

 

– Vivir con la sensación de estar perdido  

En muchas ocasiones, la sensación de estar perdido se debe a que el lugar por el que nos movemos es desconocido, de modo que basta con generar nuevos patrones –más saludables– para reducir los síntomas de ansiedad, depresión y angustia. La sensación es normal: confía en que estás perdido en el camino correcto.